¿Por qué siempre termino con el mismo tipo de pareja?
- “Siempre me pasa lo mismo.”
- “Sé perfectamente que este tipo de persona no me conviene, pero vuelvo a acabar ahí.”
- “Al principio todo parece diferente y después ocurre lo mismo.”
- “¿Por qué me fijo siempre en personas emocionalmente poco disponibles?”
Son frases bastante habituales cuando una persona empieza a observar que determinadas relaciones se parecen demasiado entre sí.
Quizá cambian los nombres.
Cambian las circunstancias.
Cambian incluso las historias.
Pero hay algo que se repite.
Personas que tienen dificultades para comprometerse. Relaciones en las que acabas dando mucho más de lo que recibes. Vínculos llenos de incertidumbre. Parejas que al principio despiertan muchísimo interés y después generan sufrimiento. Relaciones en las que vuelves a sentir que tienes que ganarte el cariño del otro.
Y entonces aparece una pregunta bastante lógica:
¿Por qué elijo parejas que no me convienen?
La respuesta no es sencilla.
Y probablemente tampoco sea: “Porque tienes una herida de infancia.”
Ni: “Porque tienes miedo a estar solo/a.”
Ni: “Porque tienes apego ansioso.”
Todas estas explicaciones pueden formar parte de una historia, pero ninguna explica por sí sola cómo elegimos a las personas con las que nos vinculamos.
La elección de pareja es un proceso mucho más complejo, en el que influyen nuestras preferencias, experiencias, expectativas, contexto, disponibilidad de personas, atracción, valores y formas aprendidas de relacionarnos. La investigación sobre selección de pareja también señala precisamente esta complejidad y las dificultades para explicar la elección romántica desde una única teoría.
Por eso, más que preguntarnos únicamente “¿por qué elijo mal?”, puede ser interesante empezar por otra pregunta:
¿Qué es exactamente lo que me atrae, qué estoy interpretando como compatible y qué patrones estoy repitiendo sin darme cuenta?
No siempre elegimos lo que sabemos que nos conviene
Esta es una de las contradicciones más humanas de las relaciones.
Puedes saber perfectamente qué características quieres en una pareja y, sin embargo, sentir una enorme atracción por alguien que no encaja con ellas.
Puedes decir:
“Quiero una persona emocionalmente disponible.”
Y terminar enganchándote a alguien que aparece y desaparece.
Puedes valorar la comunicación.
Y acabar con alguien que evita cualquier conversación incómoda.
Puedes querer estabilidad.
Y sentir una química brutal con una persona cuya vida es puro caos.
Esto no significa necesariamente que no sepas lo que quieres.
Significa que saber qué te conviene y sentirte atraído/a por algo no siempre son procesos idénticos.
La atracción no funciona como una lista de requisitos.
Y tampoco elegimos pareja haciendo una entrevista de trabajo.
Hay química, deseo, curiosidad, admiración, disponibilidad, contexto, expectativas y muchas otras variables que entran en juego.
Por eso, cuando hablamos de elección de pareja, conviene evitar el juicio.
No se trata de:
“¿Cómo pude ser tan tonto/a?”
Sino de:
“¿Qué ocurrió para que esta persona me resultara tan atractiva?”
Ahí empieza una reflexión mucho más útil.
Lo conocido puede resultar familiar, pero familiar no significa saludable
Una de las ideas más extendidas en psicología es que podemos sentirnos atraídos por aquello que nos resulta familiar.
Hay parte de verdad en esto, pero conviene matizarlo.
No significa que una persona que tuvo una infancia complicada vaya inevitablemente a buscar una pareja que la trate mal.
Tampoco significa que todos nuestros vínculos adultos sean una repetición exacta de nuestra familia de origen.
La realidad es bastante más compleja.
Nuestras experiencias anteriores pueden influir en la manera en que interpretamos la cercanía, la disponibilidad, el conflicto o el afecto. Una revisión sistemática sobre relaciones entre padres e hijos encontró asociaciones entre la calidad de esas relaciones y distintos aspectos del funcionamiento de las relaciones románticas posteriores.
Además, las representaciones que construimos a partir de relaciones anteriores pueden trasladarse parcialmente a nuevos vínculos, especialmente cuando encontramos similitudes entre una relación pasada y una persona nueva.
Pero influencia no significa destino.
Y esto es importante.
Tu historia puede influir en lo que reconoces, esperas o toleras, pero no decide automáticamente a quién vas a elegir.
A veces confundimos intensidad con conexión
Este punto merece atención.
Porque hay relaciones que generan muchísimo.
Muchísima química.
Muchísima incertidumbre.
Muchísima emoción.
Muchísimas ganas de saber qué está pensando la otra persona.
Y eso puede sentirse como:
“Esto es diferente.”
“Con esta persona siento algo que no había sentido nunca.”
“Hay una conexión brutal.”
Pero una relación intensa no es necesariamente una relación compatible.
A veces lo que genera tanta activación no es únicamente la conexión.
Puede ser la incertidumbre.
El no saber dónde estás.
La sensación de que tienes que conseguir que la otra persona se implique.
El alivio cuando finalmente aparece.
La preocupación cuando desaparece.
La expectativa.
La idealización.
El miedo a perder algo que todavía ni siquiera tienes del todo.
Todo eso puede generar una experiencia emocional muy potente.
Y nuestro cerebro no lleva una etiqueta que diga:
“Esta emoción tan intensa no significa necesariamente que esta persona sea adecuada para ti.”
Por eso puede ser útil empezar a distinguir:
¿Me siento conectado/a con esta persona o estoy muy activado/a por esta relación?
No siempre es lo mismo.
¿Por qué me atraen personas emocionalmente no disponibles?
Esta pregunta aparece mucho en consulta.
Y tampoco tiene una única respuesta.
En algunas personas puede existir una familiaridad previa con vínculos en los que el afecto era imprevisible o había que esforzarse mucho para obtener reconocimiento.
En otras, puede haber un aprendizaje diferente: sentirse más cómodo/a cuando existe cierta distancia porque la intimidad genera vulnerabilidad.
También puede ocurrir algo mucho más sencillo.
Las personas emocionalmente poco disponibles pueden parecer muy atractivas precisamente porque al principio existe cierta dificultad para acceder a ellas.
Y cuando alguien se muestra más disponible, quizá la experiencia resulte menos estimulante.
No porque una persona quiera sufrir.
Sino porque la disponibilidad emocional y la atracción no siempre se han asociado de la misma manera en nuestra experiencia.
La investigación sobre apego ha encontrado relaciones entre determinadas dimensiones del apego y la calidad, estabilidad y compromiso dentro de las relaciones, aunque los efectos dependen del contexto y de la propia dinámica de pareja.
Por eso tampoco tiene demasiado sentido reducirlo todo a:
“Tienes apego ansioso.”
“Tienes apego evitativo.”
Las personas no son etiquetas de apego.
Y las relaciones tampoco funcionan siempre igual.
Puede que no estés eligiendo mal: quizá estás priorizando otras cosas
Esta pregunta puede ser incómoda, pero merece la pena hacerla.
Cuando eliges pareja, ¿qué pesa más?
¿La atracción?
¿La estabilidad?
¿La disponibilidad emocional?
¿La admiración?
¿La compatibilidad?
¿La sensación de que esa persona te necesita?
¿La emoción?
¿El estatus?
¿La sensación de que finalmente alguien te elige?
¿La tranquilidad?
¿El proyecto de vida?
Porque a veces no elegimos “mal”.
Elegimos teniendo en cuenta determinados criterios.
El problema es que quizá esos criterios no son los que más nos ayudarían a construir la relación que decimos querer.
Por ejemplo:
“Quiero una relación estable.”
Pero doy muchísimo valor a la intensidad inicial.
“Quiero una persona comunicativa.”
Pero me siento especialmente atraído/a por personas misteriosas y difíciles de leer.
“Quiero reciprocidad.”
Pero cuando alguien me muestra interés desde el principio, pierdo rápidamente el interés.
“Quiero una relación tranquila.”
Pero interpreto la tranquilidad como aburrimiento.
Ahí hay algo interesante que revisar.
No para juzgarte.
Para entender cómo estás eligiendo.
¿Y si el problema no está solo en a quién eliges?
Esta es otra distinción importante.
A veces hablamos de “elegir mal” como si toda la responsabilidad estuviera en encontrar a la persona adecuada.
Pero una relación se construye entre dos personas.
No basta con elegir bien.
También importa qué haces tú una vez que estás dentro del vínculo.
Por ejemplo:
Puedes elegir a una persona bastante disponible, pero tener dificultades para expresar lo que necesitas.
Puedes encontrar a alguien respetuoso, pero acostumbrarte a callarte para evitar conflictos.
Puedes estar con alguien que quiere construir contigo, pero seguir esperando que en algún momento te abandone.
Puedes tener una relación relativamente sana y continuar comprobando constantemente si realmente te quieren.
Por eso, revisar los patrones de pareja no consiste únicamente en hacer una lista de características que debería tener la próxima persona.
También implica preguntarte:
¿Cómo me relaciono yo cuando estoy en pareja?
¿Qué tolero?
¿Qué evito?
¿Qué pido?
¿Qué doy?
¿Qué necesito?
¿Qué me cuesta recibir?
¿Qué hago cuando tengo miedo?
¿Qué hago cuando estoy enfadado/a?
¿Qué hago cuando siento que la otra persona se aleja?
Ahí encontramos otra parte importante de la historia.
¿Cómo dejar de repetir patrones en las relaciones?
No suele funcionar decirte:
“Esta vez voy a elegir mejor.”
Porque en el momento en que aparece la atracción, entran en juego muchas cosas que no controlamos de forma consciente.
Puede ser más útil aprender a observar el proceso.
1. Mira qué se repite
No te fijes únicamente en las personas.
Fíjate en las dinámicas.
¿Cómo suelen empezar tus relaciones?
¿Qué te atrae al principio?
¿Cuándo empiezan los problemas?
¿Qué papel acabas ocupando?
¿Persigues, esperas, cuidas, rescatas, complaces, controlas, te alejas?
¿Qué suele hacer la otra persona?
Buscar patrones concretos suele ser mucho más útil que decir simplemente:
“Siempre elijo mal.”
2. Observa qué interpretas como amor
Esta pregunta puede remover bastante.
Porque quizá has aprendido a asociar el amor con determinadas experiencias.
Que te necesiten.
Que te echen de menos.
Que haya mucha intensidad.
Que tengas que esforzarte.
Que exista cierta lucha.
Que la otra persona cambie por ti.
Que tengas que demostrar que eres suficiente.
Pero una relación también puede ser:
Previsible.
Recíproca.
Tranquila.
Respetuosa.
Disponible.
Y eso no significa que sea menos profunda.
3. Diferencia atracción de compatibilidad
Que alguien te atraiga no significa automáticamente que sea una buena pareja para ti.
La atracción importa.
Por supuesto.
Pero no es el único criterio.
También merece la pena observar cómo trata a las personas, cómo gestiona los conflictos, qué relación tiene con sus responsabilidades, qué quiere de una relación, cómo maneja la frustración, qué estilo de vida tiene y si vuestros valores son compatibles.
Elegir pareja no consiste en encontrar a la persona perfecta.
Consiste también en valorar qué tipo de relación es posible construir con esa persona.
4. Aprende a detectar antes lo que antes justificabas
A veces el cambio no consiste en dejar de sentir atracción por determinadas personas.
Quizá sigan gustándote.
Quizá sigan generándote curiosidad.
La diferencia puede estar en que ahora puedas reconocer antes lo que ocurre.
“Me atrae muchísimo, pero no está disponible para una relación.”
“Hay mucha química, pero no compartimos lo que necesito para construir una vida juntos.”
“Me encanta, pero esta dinámica me hace daño.”
“Me gusta esta persona, y precisamente por eso necesito mirar también cómo me siento cuando estoy con ella.”
Eso es diferente.
No se trata de dejar de sentir.
Se trata de poder elegir también con la información que tienes.
Cambiar un patrón no significa elegir a alguien completamente distinto
Esta idea también merece una pequeña corrección.
A veces pensamos que romper un patrón significa pasar de:
“Personas emocionalmente inaccesibles”
a:
“Personas completamente disponibles y perfectas.”
Y no funciona así.
No necesitamos convertirnos en expertos en detectar a la pareja perfecta.
Tampoco necesitamos desconfiar de todo aquel que nos atraiga.
El cambio puede ser mucho más pequeño.
Puede consistir en detectar antes cuándo estás entrando en una dinámica que ya conoces.
En poner un límite antes.
En no justificar determinadas conductas.
En permitirte conocer a alguien más despacio.
En no confundir potencial con realidad.
En dejar de intentar convencer a alguien para que quiera lo mismo que tú.
En prestar atención a cómo te sientes dentro de una relación, no solo a cuánto deseas a la otra persona.
Y, sobre todo, en empezar a tomar decisiones teniendo en cuenta cómo quieres vivir una relación, no únicamente cuánto te atrae alguien.
Entonces, ¿por qué elijo parejas que no me convienen?
Puede haber muchas respuestas.
A veces hay patrones aprendidos.
A veces buscamos familiaridad.
A veces confundimos intensidad con conexión.
A veces priorizamos la química por encima de la compatibilidad.
A veces tenemos necesidades emocionales que no reconocemos.
A veces elegimos desde el miedo a estar solos.
A veces nos cuesta tolerar la tranquilidad.
A veces simplemente conocemos a alguien que nos gusta y, con el tiempo, descubrimos que no somos compatibles.
Y a veces ocurre todo a la vez.
Por eso no me parece especialmente útil pensar:
“Tengo que dejar de elegir mal.”
Me parece bastante más interesante preguntarte:
- ¿Qué estoy buscando cuando elijo a alguien?
- ¿Qué cosas me atraen?
- ¿Qué estoy pasando por alto?
- ¿Qué necesidades estoy intentando cubrir?
- ¿Qué dinámicas me resultan familiares?
- ¿Y qué tipo de relación quiero construir realmente?
Porque elegir pareja no consiste únicamente en encontrar a alguien que nos guste.
También consiste en aprender a reconocer qué ocurre cuando estamos con esa persona.
Y quizá ahí esté una de las diferencias importantes entre repetir un patrón y empezar a construir una relación diferente.
Preguntas frecuentes sobre elegir parejas que no me convienen
¿Por qué siempre elijo el mismo tipo de pareja?
Puede haber diferentes razones. Las experiencias anteriores, las expectativas sobre el amor, las necesidades emocionales, la atracción, los valores y determinados patrones relacionales pueden influir en la elección. Sin embargo, no existe una única explicación válida para todas las personas.
¿Por qué me atraen personas que no están disponibles emocionalmente?
En algunos casos puede existir familiaridad con relaciones donde la cercanía era imprevisible o costaba conseguirla. También pueden influir la incertidumbre, la intensidad, determinadas experiencias de apego o simplemente las características concretas de la persona. Sentir atracción por alguien emocionalmente poco disponible no significa necesariamente que exista un problema psicológico.
¿Estoy repitiendo un patrón si todas mis parejas se parecen?
Puede ser una señal interesante para observar, especialmente si se repiten no solo determinados rasgos de las personas que eliges, sino también las dinámicas que se establecen entre vosotros. Conviene mirar qué ocurre en la relación y qué papel sueles ocupar tú.
¿Se puede cambiar el tipo de persona que me atrae?
No siempre podemos decidir qué personas nos atraen. Lo que sí podemos trabajar es nuestra capacidad para reconocer qué necesitamos, diferenciar atracción de compatibilidad y tomar decisiones más conscientes sobre las relaciones que queremos mantener.
¿El apego determina qué pareja voy a elegir?
No. Las dimensiones del apego pueden influir en las expectativas, percepciones y comportamientos dentro de las relaciones, pero no determinan de forma rígida a quién elegimos ni cómo será una relación. La investigación actual considera la elección de pareja y el funcionamiento de las relaciones fenómenos complejos y multideterminados.
¿Necesito ir a terapia si siempre repito el mismo tipo de relación?
No necesariamente. Pero si este patrón te genera sufrimiento, se repite a pesar de tus esfuerzos o sientes que no entiendes por qué acabas siempre en dinámicas similares, la terapia puede ser un espacio útil para comprender qué está ocurriendo y explorar otras formas de relacionarte.